Ante la pregunta ¿Se puede enseñar a escribir? nos seducen diversas respuestas: se puede enseñar a leer; se puede enseñar a mirar; se puede enseñar a escuchar. Pero mi favorita es aquella de Samanta Schweblin, donde se desmitifica la figura del genio iluminado: “Cualquier arte implica el ejercicio de la copia”.
Luego podemos indagar en la propia visión del mundo y cómo es ella quien hace a quien escribe. Pero antes se escribe, es en la práctica donde aparece la forma.
En palabras de Marguerite Duras: “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos”.
Eso es un taller y de esa forma los despliego: un espacio para ejercitar lo propio y lo ajeno, para dudar, confiar, experimentar y encontrar, entre otras cosas, la propia voz.
Ensayar es, ante todo, un gesto de atención; un ir observando y dejando rastros, notas que se acumulan como pequeñas constelaciones que luego pueden formar un todo.
Partiremos de libretas personales, apuntes sueltos, ideas a medio camino. Trabajaremos el ensayo literario como una manera de imaginar, soldar, desviar, robar, insistir. La propuesta: tomar una idea y ver hasta dónde llega.
El vicio de apuntar
Ensayo literario
Samuel Beckett y una cinta magnetofónica. Marguerite Duras vaciando destinatarios y biografías estables. Carmen Martín Gaite monologando en una noche de insomnio.
Este taller es un espacio para pensar el tiempo de lo que acontece, lo espectral, lo intestimoniable y lo anfibio desde una perspectiva que permita la invocación sonora a través de un dispositivo —la carta— que no puede sino nacer tras la ausencia.
La soledad sonora
Literatura epistolar
Gotas de oro sobre el lago
Poesía
Un taller de poesía siempre es un espacio de resistencia de colectiva desde el cual generar fugas y zonas rizomáticas.
En este taller leemos, escribimos y nos adentramos en una selección de poetas, para explorar desde sus voces el costumbrismo, la traducción, la máscara, el vacío espiritual de la llamada muerte de Dios, el deseo y el cuerpo.